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viernes, 13 de noviembre de 2015

El Kilo.

Nos hacían aprender: “Un kilo es el peso de un cilindro sólido de platino e iridio que está muy guardado en el Bureau International des Poids et Mesures en Sèvres”, cerquita de París. Y el metro era, hasta 1960, un prototipo consistente en “la distancia que hay entre dos muescas en una barra de platino e iridio del mismo Bureau”.
Yo me hacía un lío con las palabras, me intrigaba lo del iridio y me indignaba que el metro y el kilo lo tuviesen los franceses. Y, naturalmente, me daba miedo pensar que al comprar garbanzos, pongo por caso, el kilo que usaban no fuese bueno.  
Después de 126 años ya no valen las definiciones almacenadas en la recámara de la memoria. Y afortunadamente ya no tienen de qué presumir el cilindro y la barra de Sèvres. Estoy de acuerdo con David Newell, físico del Instituto Nacional de Estándares y Tecnología de Gaithersburg, en Estados Unidos, en que “es un momento emocionante”. Duermo mal desde que lo sé. Dicen que el kilogramo no será más preciso, pero sí más estable. ¡Menos mal! Algo han conseguido los de Gaithersburg. Y no como el de París que podía sufrir un sofocón o un resfriado si no estaba siempre bien aislado. O perder algún átomo que otro. O ganarlo.
Como no estoy en edad de aprender más definiciones físicas o matemáticas, pero sí de defender posturas, me pregunto: ¿Qué criterio de valores tenemos al cultivar la preciosa cosecha que nos toca cuidar? ¿Pesamos y medimos con la medida adecuada? ¿O hemos decidido que no vale la pena vigilar, rechazar y eliminar al ladrón o maligno que nos sorprende de noche y le dejamos sembrar cizaña? Se nos ocurre que es inútil; que la mala hierba estará siempre entremezclada con la buena; que ya se darán cuenta los segadores del buen trigo al elegir y a los que coman el pan de separar el pan sano del pan envenenado.
Es decir, nos resulta más cómodo no hacer nada y dejar que sea la vida la que enseñe; nos parece que no pasa nada si no hacemos nada. Si la cosecha nos sale mal podremos siempre echar la culpa a los amigos, al mundo de hoy, a los otros, al primer otro que se nos ocurra: “¡Su madre no supo decirle las cosas como son!”. “¡Su padre no movió un dedo en su educación!”. “¡Los maestros de hoy no son como los de ayer que hacían siempre de los muchachos hombres de provecho!”.

No viene mal repasar nuestro cuadro de pesos y medidas. ¡Y usarlo!

jueves, 2 de abril de 2015

Será verdad?

Aseguran que sí. Que hay naciones que sobresalen por su progreso, riqueza, ejemplaridad, hidalguía, orden, disciplina, belleza, acogida… y muchas cosas más (bueno, esas “naciones” no son así; así son sus “nacionales”). Y lo atribuyen a que los niños cuando nacen, se juramentan para vivir siempre orientados en sus actos por la ética, en su conciencia por la integridad, en su conducta por el respeto a las leyes y a los derechos de los demás, en sus relaciones por la responsabilidad, en sus movimientos por el amor al trabajo, en el uso de los valores por el ahorro y la inversión, en sus metas por la superación y en el uso del reloj por la puntualidad.
Y si no se juramentan, lo maman y lo van copiando después de los que ya están siendo así. No es nada anormal. Es como si los niños quisiesen tener piernas, manos, pulmones, ojos, boca, aire, agua, calor, palabra… Diríamos: ¡Lógico! ¡No puede ser de otra manera!
Pero muchas veces debemos confesar que acusar de corrupción a muchos, de incapacidad a la mayor parte, de errores a los que mandan, de persecución a los que no juegan con nosotros… es un oficio que nos ocupa demasiado tiempo, demasiado juicio crítico, demasiada inquisición y demasiado espacio que seguramente no nos toca ocupar. Y nos distraemos de otro oficio, el nuestro: que es estimular a los que comparten la vida con nosotros (hijos, esposos, educandos, amigos, compañeros, compadres…) para que la vivan en todas sus dimensiones al cien por cien. Que no sean indolentes cuando es tiempo (y tiempo es cada día de la vida) para adquirir competencias; para fortalecer el sentido de justicia; para enriquecer ese sentido con el de la generosidad. Que no sean ruines para aceptar que el otro, sea quien sea (no solo el amiguete), ha acertado, tiene buena voluntad, desea hacerlo mejor. Que no sean blandos en tener o permitir gastos que no son solo pura complacencia, sino inoculación de despilfarro en el ritmo de la existencia.
Nos toca construir el mundo. No solo discutir a los que lo intentan hacer y se equivocan. Y tenemos para ello a disposición la espléndida escuela de la vida en la que tenemos que inyectar, suave pero decididamente, lo mejor de nuestro yo. 

miércoles, 5 de junio de 2013

Ortografía.



Ruperto Chapí Lorente (1851 Villena – 1909 Madrid) nació en un hogar en el que se respiraba música. A los 9 años tocaba en la banda Música Nueva de su ciudad. A los 12 compuso su primera obra sinfónica: Un día entre bosques. En Madrid desde los 16, tuvo ocasión de aprender de grandes maestros y orientar su vida hacia la composición. Aunque durante algún formó parte de la orquesta del Circo Price porque, a los 19 años, necesitaba fondos para seguir sus estudios.
Sorprende saber que a lo largo de sus 58 años de vida compuso 160 obras: 8 óperas, algunas operetas y composiciones orquestales y, sobre todo, zarzuelas de las que, sin duda, conoces algunas. Vale la pena. Fue un maestro en ello.
Todo lo anterior es una lección de responsabilidad, tenacidad, entrega al cultivo del arte, entusiasmo y perseverancia. Si a esto se añade que fue el fundador de la SGAE (¿te suena?). Una gran lección para las familias que creen que se cosecha donde no se ha sembrado.
Pero hablamos hoy de una de sus zarzuelas, un poco peculiar por su formato (¿o es una revista?), Ortografía, en un acto, que se estrenó en el teatro Eslava el último día de 1888.
Don Canone Valente Bomba da Silva, caballero portugués, llega a Madrid y quiere perfeccionar su español. Su profesor, el Guión, le asegura: «Yo voy a proponer a usted un nuevo sistema de enseñanza, de resultados brillantes, siendo al mismo tiempo recreativo y pintoresco, por el cual a la vez que nuestra ortografía, conocerá muchas de nuestras costumbres». Y desde los acentos agudos y esdrújulos hasta el brillante final de los símbolos tradicionales y patrióticos, Carlos Arniches y Gonzalo Cantó, los libretistas, despliegan sátiras sobre las cesantías, los chanchullos políticos o la invasión de barbarismos. Como hoy, ¡vamos!
Pero la habanera del coro de «los puntos suspensivos» es la que nos debe servir para una lección más cercana a nuestros silencios y a nuestros fracasos en la educación: «Somos puntos suspensivos, / nuestra misión es callar, / y decir con el silencio / más de lo que es regular. / Tenemos mucha malicia, / pero la tienen también / los que en las líneas de puntos / la intención de un toro ven... Nuestra picardía / hace presumir / lo que no se atreve / la pluma a escribir».

jueves, 28 de febrero de 2013

El que la sigue...



¿Es verdad que el que la sigue la consigue? Sí y no. Sí cuando el valor de lo que se persigue y puede conseguirse, aunque sea difícil, despierta un impulso interior que hace persistir en la búsqueda o en la carrera. No cuando las dificultades son más fuertes que el deseo y que el esfuerzo que se aplica para alcanzar lo que se quiere flaquea. Y es muy flojo el deseo y flaco el esfuerzo de muchos que se quejan de que no les dejan, de que no quieren sudar mucho, de que es mejor que les den ya cazado el oso que les gusta.
Los hermanos Orville y Wilbur Wright se dedicaban a trabajos mecánicos en un taller de reparación de bicicletas cuando concieron los esfuerzos del inglés George Cayley y del alemán Otto Lilienthal por conseguir que volase un aparato más pesado que el aire. Tenían a principios del siglo pasado 29 y 33 años respectivamente, pocos medios  y una preparación casi sólo práctica. Pero tenían también y mantuvieron toda su vida una ilusión y un tesón que los llevaron, como todos saben o deben saber, a construir maquetas, leer todo lo que encontraron sobre el objeto de sus proyectos, construir un “túnel de viento”, preparar una catapulta para el lanzamiento del aparato que construían en secreto, dotar a su primera criatura, el Flyer I, de un sencillo sistema de alabeo antes de lanzarlo al aire, sin más testigos que cinco amigos, el 17 de diciembre de 1903 en Kitty Hawk (Carolina del Norte). Y… ¡sí!... El ingenio se mantuvo en el aire ¡casi un minuto! Lo habían conseguido. Pero porfiaron y porfiaron, con miedo a que les robasen su patente, obtenida el 22 de mayo de 1908, y consiguieron convertirse en los pioneros del vuelo moderno.         
La historia y el mundo están llenos de mujeres y hombres que han derrochado  valentía, dolor, ilusión, responsabilidad, esfuerzo, entrega, perseverancia, sudor, sangre y amor… para alcanzar alguna meta. No han sido todas metas brillantes, llenas de aplausos, admiración y reconocimiento de los espectadores. Pero no era el aplauso ni el asombro lo que buscaban. La mayor parte lo ha hecho en la sombra, deseando cumplir con un deber que daba sentido a su vida.
A nosotros, padres y educadores, nos corresponde moldear, en un amoroso yunque de tenacidad, los caracteres capaces de ennoblecer las vidas de los que aprenden de nosotros.  

domingo, 18 de diciembre de 2011

Proserpina.


Lago de Atecina Turibrigense Proserpina
Como todos sabéis a Proserpina, romana, la habían llamado antes y la seguían llamando en Grecia Perséfone o (para ir más de acuerdo con la carga del acento griego) Persefón. Era hija de Zeus y de Deméter. Aunque gentes más cercanas al mar decían, por si acaso, que de Poseidón, dios del mar, y de Deméter. Y aún otros que de Zeus y Stix, que dio nombre al río en el que sumergieron a Aquiles (menos el talón) para hacerlo invulnerable. A falta de su DNI, los habitantes de nuestras tierras de adentro, embebidos de lengua y cultura celta, la llamaban también Atecina, según consta en inscripciones romanas de hace veinte siglos más o menos.
De modo que un paisano de los campos que muchos años más tarde se llamaron de Badajoz (también de estirpe romana), recurrió a ella en busca de justicia. Veamos: No hace mucho tiempo se descubrió cerca del lago que daba agua a la entonces capital veterana, Mérida, a través del airoso acueducto que hoy llaman ”puente de los milagros”, una lápida que sigue clamando con estas palabras en una muy fiel traducción a nuestra lengua: 
   
Diosa Ataecina Turibrigense Proserpina, por tu majestad te ruego, te suplico que
vengues el robo que me ha hecho quienquiera que sea que me hurtó, afanó o me sisó 
estas cosas que escribo aquí abajo: 
seis túnicas, dos capas de lino, una camisa, de la que....... ignoro.......

Seguramente nos hace sonreír la ingenuidad del autor desconocido de ese ruego y súplica a la majestad poderosa de Atecina. Pero ¿se nos ha ocurrido que con más frecuencia de la que confesamos y con más intensidad de lo que los casos justificarían, también nosotros caemos en la misma hueca, casi infantil esperanza de que la señora de las aguas (era hija de Poseidón) nos resuelva los problemas que en la vida se nos plantean? ¡Cuántas veces echamos la culpa a ”otro”, no sabemos quién, de las consecuencias de nuestra vagancia, de nuestras distracciones tal vez mayúsculas, de nuestro suponer que no sucediese, pero sucedió, lo que no quisimos prevenir ni eliminar!
Y si esto tiene importancia en la propia vida es mucho más trascendente cuando se trata de la vida, del crecimiento, de la maduración de los que se nos confía, en primer lugar de los hijos. No podemos acudir a quien no va a respondernos cuando los hemos dejado perderse, los hemos abandonado a su exclusiva propia iniciativa cuando todavía no tenían edad para trazar una iniciativa acertada. Si han perdido el rumbo debemos pensar que lo mismo nos ha sucedido antes a nosotros, porque no hemos sabido ser para nosotros primero y para ellos también buenos pilotos. ¡Que Proserpina no nos contemple braceando infructuosamente en medio de las olas porque hemos perdido el barco o porque nos lanzamos a navegar sin más defensa que el traje de baño!

jueves, 10 de marzo de 2011

¿Desmenuzarse?


El suelo se resquebraja. La piedra se desmigaja entre los dedos. Se producen socavones amenazadores. Las calles están desiertas. Aunque en verano Lésina Marina, en la provincia italiana de Foggia, se llena con miles de turistas cercanos: “¡En la playa no hay peligro! Y en septiembre nos vamos”.
Es un fenómeno alarmante, pero natural, dicen los expertos. Su sino último, tarde o pronto, es la disolución. ¿Pero cómo es posible? Lo atribuyen a la densa red natural de aguas que van reblandeciendo todo por capilaridad. O por lo que sea. La tierra se empapa de agua y se convierte en polvo. El canal de Gargano podría ser el causante. Y se plantean trasladar a la población con sus casas lejos de esa trampa mortal.
¿No lo han observado ustedes a su alrededor, en sí mismos, en las instituciones que parecen fundadas para sostener y que no se sostienen ellas mismas? ¿Han observados ustedes a sus hijos, si los tienen, o a las muchachas y muchachos de la edad que tendrían sus hijos si los tuvieran?
“¡Exageras!” No parece. Nos gustaría que todo esto fuese una exageración: pero no es así. No es posible que se inventen aparatos tan sabios que lleguen a la resonancia magnética de la personalidad. Pero si así fuese, la alarma de una pandemia de inconsistencia de nuestro sistema óseo espiritual sería terrible.  
La educación de los niños hoy es la de la complacencia: “¡Que no sufran!”. Más todavía: “¡Que se diviertan!”. Muchas madres recurren a los médicos pidiendo sólo para sus hijos algo para que no les duela lo que les duele. No les importa estar maleducándolos dándoles de comer lo que les gusta. O atiborrarlos con veneno en forma de dulzainas. ¡Cómo penan los padres que ven a sus hijos ahogados por la droga! Y fueron ellos, los padres, los que los indujeron a morir así dejándolos empezar ¡por la complacencia!  
¡El gusto! Es el criterio más alto de nuestra vida actual. Basta analizar los programas políticos de todos los partidos, de todas las tendencias. En lo más alto de sus proyectos está la meta: “Estado de bienestar”.
El esfuerzo, la superación, el trabajo, la exigencia, la constancia, la renuncia, la generosidad, el altruismo, la solidaridad, la responsabilidad, el deber, la entrega, la nobleza, la apertura, el sentido del “otro”, la dignidad, el honor… “¿Dónde va usted? ¡No sea rancio! Esas son cosas de cuando no teníamos qué comer. ¡Ya está bien de sufrir! ¿No se ha enterado usted de que la democracia nos ha traído un modo distinto de vivir? ¡Déjenos de antiguallas y respete nuestro modo de ser y de ver las cosas!”.     
¡Pues no tenemos que dejar! El polvo de nuestra roca no puede convertirse en la médula de nuestras vidas.